Cuánta razón tenía, uno de los pocos profesores que he admirado realmente, cuando decía que es muy difícil hablar de las cosas que nos duelen de verdad, y que cuando podemos hablar sobre ellas, es cuando realmente las estamos superando.
Ya ha pasado un mes, y aún sigo sin creérmelo. Parece que llevo un mes dentro de una pesadilla. Ojalá pudiera despertar y que todo lo ocurrido no hubiese pasado. Pero ya, por desgracia, no hay remedio.
Aún sigo sin entender, sigo buscando un porqué. ¿Por qué él, que era un experto? ¿Por qué justo un día en que era de día y hacía sol, después de haber pasado un invierno pasado por viento, lluvia y nieve? ¿Por qué el accidente fue justo en el lugar en el que no había escapatoria posible? ¿Por qué esto le ocurre a una persona de 29 años, con tantos proyectos que cumplir? Ni lo entiendo ni lo asimilo. Por ahora no, aunque lo intento.
Los primeros días sólo podía pensar en lo mismo (en los porqués, en él, en su familia…) mientras que un “pellizco” en mi pecho hacía que me costase respirar, dormir, comer… Poco a poco, he conseguido que mi mente pueda centrarse en otras cosas, aunque no dejo de sentir un escalofrío cada vez que pienso en lo sucedido.
A mi mente acuden recuerdos que no sabía que conservaba. Creo que lo que queda de nosotros cuando nos vamos para siempre son los recuerdos que dejamos en la gente que nos rodea. De él, los guardo muy buenos. La mayoría de ellos se refieren a nuestra infancia en la playa, donde pasábamos los veranos. Lo recuerdo jugando en la arena, junto con mi hermano, con sus camiones de juguete (eso ya lo llevaba en la sangre), cómo nos pasábamos casi toda la tarde dentro del agua, cómo nos bañábamos cuando había bandera roja (una vez que venía la ola, nos revolcábamos en la espuma, con el inconveniente de que se nos llenaba el forro del bañador con tanta arena que no podíamos andar casi, sin contar lo difícil que era sacarla sin quitarse el bañador…)… Pero una vez que llegó a la adolescencia era imposible verlo por allí.
Por desgracia, las circunstancias hicieron que en estos últimos años no nos viéramos todo lo que hubiese sido conveniente, pero, eso sí, siempre estábamos en los momentos difíciles. Precisamente, la última vez que nos vimos fue cuando vino a visitar a mi hermano después de su accidente ¿Quién nos iba a decir que sería la última vez?
En la última conversación que mi padre tuvo con él, le respondió: “Tito, en el cuerpo me lo llevo”. Me quedo con esta frase, desde luego. Y por supuesto, que la voy a poner en práctica.
En su vida tuvo que pasar por momentos muy dolorosos y otros muchos buenos momentos. Eso es lo que se lleva en el cuerpo, como él decía, y, por suerte, a nosotros nos dejó dos tesoros, de seis y un año, lo más valioso, sin lugar a dudas, que nos pudo dejar.
Justo en los primeros días después de la tragedia, por casualidad, me encontré con la siguiente frase de una película que me encanta: “Si nos roban a nuestros seres queridos la forma de hacer que vivan más tiempo es no dejar de amarlos nunca. Los edificios arden, las personas mueren, pero el amor verdadero es para siempre. (“El cuervo”).